(Caracas, 1895-1964)

Escritor y cronista de la ciudad de Caracas. Vivió en Valencia hasta los quince años cuando parte a Caracas. Dos años después de ingresar a la Facultad de Medicina abandona las aulas y se dedica a su verdadera vocación, la escritura. Frecuentaba las reuniones y tertulias de los escritores que después serían conocidos como la Generación del 18. Comenzó además su carrera periodística, siendo redactor de El Imparcial; colaboró en periódicos como El Universal, El Heraldo, El Nuevo Diario y en revistas como Élite y Billiken. También ejerció la diplomacia como representante de Venezuela en Colombia, Cuba, Panamá y Estados Unidos. Fue nombrado cronista de la ciudad de Caracas en 1945. En 1948 fue aceptado como Miembro de Número por la Academia Nacional de la Historia.

Árboles. Crónicas de una ausencia

Árboles. Crónicas de una ausencia

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“Desde luego, Núñez sabía, obviamente, que los árboles constituían parte fundamental de la naturaleza venezolana y americana. Eso lo había comprobado en el propio desenvolvimiento del tiempo. Quienes se ocuparon de esa cuestión le habían dado mucha relevancia al fenómeno: Alejandro de Humboldt, por ejemplo, aquel andariego incansable, en sus viajes de 1799-1804 por estas tierras equinocciales; lo habían resaltado igualmente aquellos primeros estudios botánicos que llevaron a cabo José María Vargas y Fermín Toro, como también los efectuados por Juan Manuel Cajigal y Adolfo Ernst en el decimonono. Y en el siglo xx, a partir de 1917, está toda la labor científica de Henri Pittier. Y sin embargo, lo que estaba en el tapete no solo era la dimensión natural, de por sí grandiosa, por lo que guardara cuantitativa y cualitativamente. No era el paisaje por sí mismo. Era el mundo social de los hombres, las relaciones que se establecieron en donde las plantas entraban, sin poder eludirse o detenerlas, y pasaban a incorporarse en la historia de los acontecimientos, tanto los extraordinarios como los correspondientes a la cotidianidad. Y desde ese marco histórico se iban integrando a la mirada entretejida por la cultura. De lo que se trataba era de los árboles como signos, como una suerte de palpables documentos, en los cuales quedaban marcados los pasos sociales de los hombres. En el fondo conformaban una especie de libro, donde podría leerse el comportamiento de los seres humanos y el desplazamiento apremiante de una cultura. Ese sería el sentido y la razón que tuviera Núñez en 1948 cuando dijera: “La historia de Caracas, de Venezuela, en los últimos cincuenta años, puede escribirse a la sombra de sus árboles cortados”. Pues se trataría de la historia de una ausencia, de una carencia, de una minusvalía.”

Trino Borges

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