Elio Palencia accede a la entrevista con gratitud, simpatía y honestidad. El dramaturgo se entrega del mismo modo con el que realiza sus proyectos. Trata de entender las necesidades de su entorno para plasmarla en sus obras, no dar al espectador lo que quiere ver, sino lo que quiere sentir. La idea de conmoverse, de que algo se mueva dentro de uno, son las necesidades que se necesitan mostrar. En esta entrevista, Palencia, deja claro lo importante que son las emociones y el re-sentir para él.

Armaray Mijares: ¿Cómo fue tu infancia? ¿Cuáles eran las cosas que te gustaban hacer más de niño?

Elio Palencia: Mi infancia no dista mucho de la de buena parte de mi generación. La de un muchacho de familia popular del Maracay de finales de los sesenta y los primeros setenta. Mucho juego de calle, patio y apartamento, muchachera, televisión, regaños, pelas, risas, canto en familia yendo a la playa o al río, los caballitos, Hanna-Barbera, Delia Fiallo, Radio-Rumbos, Billo’s, Joselo y sus gaitas homófobas. Quinteto Contrapunto en picó, Beatles, Primera, Ottolina, Lila y Santana de fondo. Los juegos de representación y dramatización me encantaban, pero también me animaban aquellos de índole más competitiva. El primer grupo que dirigí estaba compuesto por mis tres hermanos. La maravilla de la playa solitaria, vivir hondamente el viaje –fuera al barrio de al lado o a una ciudad lejana- y el disfrute de la naturaleza son inclinaciones que se cimentaron en la niñez. Agradezco mucho el país y el hogar de mis primeros años, con sus dolores y alegrías. Los agradezco. Fui niño.

AM: Algunos artistas mencionan que en algún momento de sus vidas tuvieron una especie de epifanía o iluminación. ¿Tuvo esa revelación o sabía desde pequeño que se dedicaría al teatro?

EP: Gracias por lo de “artista” (Risas). ¡De “epifanías”, “iluminaciones” o “revelaciones”, ninguna! Al menos, que pueda registrar conscientemente. La fascinación por la representación, sí, por la mímesis, la máscara, por ser “otros” compartiéndolo con “otros”. De siempre. Uno de mis primeros recuerdos –muy borroso, menos de cuatro años, seguro- es una tarde en un patio con cayenas, rosas y brillalasonce en potes de Polly o Reina del Campo, rodeado de mujeres y muchachos que me aplaudían entusiastas tras recitar unos versos, ripiosos y cursis, por supuesto. ¡Cómo no enamorarte de un escenario, si el primero que te acoge son las piernas de tu abuela! Cuando era niño, la curiosidad y la elaboración de lo que percibía a mi alrededor, así como la confrontación de eso con los demás, era algo que sentía como necesidad y ejercitaba de una manera muy espontánea, sin saber que podía llamarse vocación, “carrera” o profesión. Desde entonces, supongo que, de manera intuitiva, empecé a darme cuenta de que eso implicaba necesariamente trabajo. Y la conciencia del trabajo se me fue haciendo inseparable del deseo, capacidad de jugar y, por supuesto, de la presencia de un “otro”. Tres cosas para mí fundamentales en el arte dramático, desde donde lo abordes.

AM: ¿Se considera un artista rebelde?

EP: ¿“Artista rebelde”? La aproximación a una etiqueta como esa me da urticaria. Supongo que a algunos les resultará muy romántico el tópico de responder: “¡Eso es una redundancia!” Pero, no, porque hay artistas inmensos que han sido o son muy serenos y sumisos, conservadores incluso. O sea, que lo uno implique lo otro, pues no. Hay gente también “muy rebelde” que va de artista. Se puede crear desde la rebeldía, claro que sí, y desde el dolor, la incomodidad y la indignación, pero también desde la ternura y el placer, desde lo lúdico, lo oscuro, lo peregrino.

No sé, quizás lo que sí podría decir es que he sido “una persona rebelde” en la medida de que he optado por lo que mis pulsiones me han pedido ser y no lo que era, digamos, “conveniente” o “práctico”. Ya desde el momento de elegir hacer teatro o escribir -y empecinarme, disciplinarme en ello- a sabiendas de que en el mundo en el que vivía difícilmente con la dedicación a ello podría llenar la nevera, mantener a unos hijos bajo un techo digno o ser retribuido justamente, es de por sí un acto de rebeldía, un riesgo. ¿Cuándo has visto en los clasificados “se busca escritor teatral con tal sueldo y tales beneficios, etcétera”? Desarrollarse como profesional implica generalmente estar dispuesto a doblar tu tiempo productivo, con conciencia, sin quejas. Y si esto no es necesariamente rebeldía, sí implica coraje y voluntad. Es una apuesta por la coherencia con uno mismo, con la alegría de vivir y con la libertad. De resistencia ante la medianía y el estado de las cosas en un mundo cuyo orden es franca y crecientemente injusto.

AM: Para Elio Palencia, ¿qué es el teatro?

EP: Muchas cosas. Porque tampoco el teatro es uno solo, hay muchos. En principio, podría decir que para mí es un hábitat. Estoy en un teatro  –léase lugar de la representación, de ensayo o entre las teclas de una computadora boceteando una pieza- y me siento en mi elemento. Es un lugar al que pertenezco, su gente es una gente que amo profundamente, también la gente que escribo e incluso a los antagonistas a los que debo defender como autor en la dialéctica del drama, los amo pero también puedo odiarlos y eso es fascinante, me resulta tan humano, tan la libertad y el vivir como cambio constante. Me gusta su “mentira” desde la concepción de la que hablaba Pessoa sobre el poeta que “es un fingidor y finge tan bien que llegamos a creer que es dolor el dolor que de veras siente”.

El teatro también puede ser “cruz” en el sentido cristiano (cuando lo has hecho sin convicción, por ejemplo), puede ser una “raya” (cuando tus excompañeritos estaban ganando platica, con percha y carro, y tú te aparecías teatrero mismacamisa y a pie). El teatro también puede ser algo prescindible: una sociedad no muere si no se hace teatro.  Muchos aseguran que sería infinitamente más pobre, pero creo que hay mucha discusión allí. Es importante como todas las artes y como el arte en tanto sueños de una sociedad, espejos, reflejos, sosiegos, descansos, reclamos, despertadores de la conciencia de reyes, caricias, vértigos, consuelos, esperanzas, muerte, resurrecciones, grandeza. Pero también puede ser pequeñez, insignificancia, ¿no es grande eso?.

AM: Ha formado parte de tres medios importantes como son el teatro, el cine y la televisión, ¿qué experiencias deja el trabajar en áreas tan distintas? ¿Cuál es la relación que tiene estos medios?

EP: Son tres medios, pero con un principio común: el género dramático, la representación, y esto los relaciona como oficios con sus particularidades. Ciertamente, he tenido el privilegio de desarrollarme en ellos -en unos más que en otros- y eso me ha ayudado a diferenciarlos y procurar expandir las posibilidades creativas que da cada cual. Desde luego, aunque a los tres los amo, es el teatro el que me es más caro. Es el que más depende de ti, en el que puedes ejercitar la mayor libertad, levantar algo parecido a “una obra” o un “corpus” personal, un diálogo contigo mismo y con los demás. Si tienes una idea y necesidad expresiva, puedes estar en una cueva: solo necesitas papel, algo para escribir y ya.

El cine y la televisión –que me encantan- dependen más de muchos otros factores, de “maquinarias de producción” ya sea como plataformas artísticas, de comunicación y/o comercialización. La realización en el cine suele tener más que ver con directores, la ficción para televisión con los productores; el escritor es un elemento más del engranaje, lo cual no está mal, pero el margen de sello personal o de riesgo es muchísimo más limitado. Esto no deja de ser fascinante porque te impone retos, negociaciones con otros creadores, con gerentes, con recursos, con el público. El cine exige muchísimo trabajo y conciliación, más síntesis expresiva en la imagen y las acciones. Interesantísimo. La televisión te da la posibilidad de una comunicación más inmediata y asombrosamente amplia, la conexión con lo popular y, por tanto, unas responsabilidades éticas enormes. Los tres medios te nutren y se nutren entre sí, si tienes la voluntad de que así sea.

AM: Es dramaturgo, ¿qué aporte le ha dado su profesión a su vida?

EP: Lo primero, la posibilidad de dialogar conmigo mismo y con mi entorno. De compartir imaginarios, incertidumbres, fantasmas, contradicciones, percepciones, risas, lágrimas, ascos, indignaciones, euforias. De tomar conciencia de muchas cosas y convertirlas en máscaras, en metáforas, si es posible en emociones y/o reflexiones. Escribir para mí siempre ha sido una gran posibilidad de autoconocimiento y, en el caso del teatro –que no da dinero ni fama, sino el placer de hacerlo- he procurado hacerlo solo por necesidad, desde la mayor libertad. Puedo reconocerme en mis trabajos: aquel que fui, que he sido o quise ser y que voy siendo, con sus hallazgos y rémoras.

Otro aporte, por supuesto, ha sido el “oficio”, algo que me ha permitido muchas veces cubrir mis necesidades de intendencia. Sobre todo, en el caso de la televisión –cuando existía una industria- y eventualmente el cine; a través de los cuales he podido seguir haciendo el teatro que he querido. También me ha dado el privilegio de conocer a seres de excepción a los que admiro, personas, círculos y actitudes deleznables, encrucijadas importantes, reconocimientos tanto gratos como fatuos, emociones insospechadas como las que te dan los espectadores con sus reacciones en una función o tras el visionado de una escena de televisión o una película, sean de empatía o rechazo: ¡Eso es maravilloso, regalos verdaderamente!

AM: Dijo Arthur Miller que “el teatro es tan infinitamente fascinante, porque es accidental, tanto como la vida”. ¿Está de acuerdo con esta frase?

EP: ¡Claro! Desde cierto punto de vista, por supuesto. Cabrujas llegó a decir, ya avanzada su obra y tras desdeñar concepciones más intelectuales, que había concluido en que el teatro “es la gente”. Y para mí ese fue un gran hallazgo. La cualidad profundamente humana del arte dramático, la persona (máscara), el personaje, incluso cuando lo niegas o buscas su fragmentación o disolución y trabajar con el material humano es siempre un transitar hacia lo que no sabes; cualquier cosa puede pasar. Es más, es deseable que pase, que te sorprenda, que haya accidente sea escribiéndolo o llevándolo a escena. Indudablemente, es parte de la fascinación: el carácter efímero y esa accidentalidad inherente a la vida piensas una cosa, un camino, una meta y suceden cosas que te derivan no siempre al lugar que pensabas, pero tampoco necesariamente al peor o menos conveniente. Claro que hay razón en Miller, que también dijo que el teatro jamás podría desaparecer porque es el único arte en el que el hombre se enfrenta consigo mismo. Yo matizaría y diría el arte en general, incluido el cine de riesgo y la buena ficción para televisión. Cabrujas de nuevo: la gente. Y gente es accidentalidad.

AM: Mi hermano José Rosario y otras piezas teatrales es una obra dedicada a su padre y su generación. ¿Por qué?

EP: Mi padre fue un hombre muy honesto y de su tiempo, con conciencia de ciudadanía y fe en la democracia y las instituciones, en la justicia social y las libertades individuales. Creía en el ideal del progreso desde el trabajo. Su vida como adulto transcurrió en la época que quizás ha sido la de mayor preponderancia civil en Venezuela. Con esfuerzo personal procuró trascender la impronta de la pobreza, haciéndose a sí mismo, levantando una familia y siendo ejemplar. Fe y esfuerzos que se vieron traicionados. Esta traición, que designaba a los crédulos como él como “pendejos”, me produjo en sus momentos muchas preguntas, la necesidad de revisar la historia pequeña, la de esos muchachos de los cincuenta, eufóricos con el 23 de enero. Esos abuelos de los noventa, objeto del mazo cainita, el desdén de sus propios hermanos. Esos mismos Campeones de Meneses y hambrientos sin rumbo de la guerra federal. Quise hacer un ejercicio para encontrar algo en las recurrencias históricas del país, de la persistencia de ciertos mapas sicológicos y sociales; algo que nos produjera reconocimiento en lo esencial, reflexión, autoconciencia. No sé si lo logré, pero iba por allí mi voluntad: buscar explicaciones a partir de unas personas que amaba y me dolían en su desamparo que era (y es) el mío, poniéndolas a jugar como personajes en una ficción que lamentablemente sigue siendo superada por la realidad.

AM: El público infantil es difícil, ¿qué lo llevó a escribir la comedia musical Sintonía o… ¿hay un extraño en casa?

Acercarme al niño de ese momento (1990) de una manera inteligente, respetuosa y divertida. Comunicarme con un niño permeado de lo audiovisual y las telecomunicaciones. Jugar con la imaginación, los héroes y heroínas que proponían los medios masivos y la posibilidad de que podemos cambiarlos o, al menos, no dejarnos manejar por ellos. Fue un proceso de creación para un grupo –Thalía- y con un director –Dagoberto González- con una seria trayectoria y voluntad de riesgo, bajo la producción del Teatro Infantil Nacional (TIN). El resultado fue de mucha calidad y la respuesta del público estupenda. Años después ha habido otros montajes con gran acogida, además de las diversas ediciones, entre ellas la ilustrada de El perro y la rana en la colección “Caminos del Sur”. Un trabajo que me ha dado muchas satisfacciones. Escribir para niños me resulta mucho más complicado que hacerlo para adultos, implica gran compromiso y cuidado, cada elemento significa. Se trata de un público de seres cuya percepción se está configurando y resulta difícil no traicionarse, sortear ambigüedades y a la vez eludir determinismos en contenidos y formas, ser responsablemente lúdico.

AM: ¿Cómo fue trabajar con los maestros José Ignacio Cabrujas y Román Chalbaud?

EP: Privilegios que no puedo más que agradecer. Específicamente con ellos –y yo sumaría al director de Rajatabla, Carlos Giménez- porque cada uno, además de tener un imaginario muy personal y potente, tuvo –y en el caso de Román, ha tenido- una persistente voluntad de pensar el país y de elaborarlo estética y dialécticamente, con poesía, humor, amor y generosidad. Trabajar con ellos ha sido oportunidades para reforzar mi autoestima como venezolano, mi fe en la disciplina, la constancia y el trabajo, también la voluntad de mirarnos con valentía, sin concesiones, como somos, reconociendo tanto purulencias y dolores como virtudes y potencialidades, para poder proyectarnos como mejores seres y mejor país.

Ellos han sido referencias importantísimas, como creadores y como conciudadanos, como minoría brillante plena de autoconciencia y coraje, así como capacidad de acción y reflexión, parida y criada en este país. Beligerantes desde su hacer, capaces de despertar la conciencia del rey a la vez que de reconocer la ternura y compasión hacia el hombre y la mujer de a pie, y defender su derecho al no-embrutecimiento, a la vida digna y la belleza. De esos que, como decía Gallegos –admirado por los tres y por mí también- “aman, sufren y esperan”.

 

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