Aquiles Nazoa nació el 17 de mayo de 1920 en El Guarataro, cuando Caracas todavía era una ciudad donde las ventanas permanecían abiertas hasta tarde y el pregón de los vendedores subía por las calles como una forma menor de la música; en una de esas barriadas donde la pobreza no impedía la imaginación y donde el humor funcionaba como una manera de sobrevivir al día siguiente. Desde allí salió ese hombre que fue poeta, cronista, periodista, humorista, actor, artesano y utilero, como si una sola vida no bastara para contener la cantidad de oficios que cabían en su curiosidad.
Hay escritores que observan el mundo desde arriba, como si la realidad fuese un paisaje distante. Nazoa, en cambio, escribía desde adentro de las cosas. Veía la belleza en una tetera, en un caballo, en una lámpara, en un niño que corre detrás de una pelota hecha con medias viejas. Comprendió, antes que muchos, que la poesía vive en la respiración mínima de la vida cotidiana. Por eso creyó, con una fe obstinada, en los poderes creadores del pueblo.
“Creo en el amor y en el arte como vías hacia el disfrute de la vida perdurable”, escribió alguna vez. Y esa frase —más que una declaración— parece una manera de resistencia. Porque Aquiles Nazoa escribió siempre contra la solemnidad. Su literatura tenía la rara virtud de ser luminosa sin dejar de ser crítica; divertida sin perder profundidad. En sus textos convivían la ironía y la ternura, el humor y la melancolía, como si supiera que el país podía explicarse mejor desde una carcajada que desde un discurso.
Libros como Caperucita Roja Criolla (1955), Mientras el palo va y viene (1962), Los sin cuenta usos de la electricidad (1973) o Aquiles y la Navidad (1976) terminaron por construir una obra cercana, sensible, atravesada por esa capacidad suya para mirar lo común y devolverlo convertido en asombro. Fue, quizás, el poeta de las cosas sencillas porque entendió que en lo sencillo habita lo esencial.
En homenaje a esa manera de mirar al país, el 17 de mayo fue instituido como Día Nacional de la Poesía en Venezuela promulgado en 2020, año del centenario de su nacimiento. La fecha busca recordar a Nazoa y reconocer a la poesía como un tipo de de memoria colectiva, como un territorio donde un pueblo puede todavía nombrarse y reconocerse.
Ese mismo decreto dio origen a la Casona Cultural Aquiles Nazoa, pensada para preservar el patrimonio cultural y artístico venezolano. Pero el verdadero patrimonio de Nazoa está en la persistencia de sus palabras. Está en quien relee El credo de Aquiles Nazoa y descubre que todavía hay razones para creer en la belleza. Está en un muchacho que encuentra en sus textos una manera menos amarga de mirar al mundo.
Por eso importa también el trabajo editorial que continúa devolviéndolo a los lectores. Libros como Elogio incondicional de la juventud y El credo de Aquiles Nazoa. Visión y pasión, de Earle Herrera, publicados por la Fundación Editorial El perro y la rana, ayudan a mantener viva una obra que merece convertirse en conversación cotidiana.
El legado de Aquiles Nazoa consiste en leerlo, en divulgarlo, en pasarlo de mano en mano como se pasan las historias necesarias. Consiste en entender que la poesía pertenece a la calle, al barrio, al vendedor ambulante, a la señora que canta mientras barre la acera. El Día Nacional de la Poesía debe ser, justamente, eso: un acto que convoque a todo el pueblo. Una celebración donde la palabra vuelva a ocupar el centro de la vida.

