Ángel Rama podría haber sido apenas un nombre en la larga nómina de críticos latinoamericanos: un lector aplicado, un profesor riguroso, un editor eficaz. Pero no. En su figura —afilada, movediza, obstinada— se encarnó otra cosa: una voluntad casi febril de pensar América Latina como un cuerpo vivo, contradictorio y en permanente traducción de sí mismo.
Nacido en Uruguay, Rama entró temprano en el territorio de la palabra como quien entra a una casa que sabe que deberá reconstruir. En los años 40 ya se le veía asumir responsabilidades que excedían la mera vocación: dirigir una sección cultural, ordenar discursos, decidir qué debía leerse. No era un gesto menor. Allí empezó a delinearse esa mezcla de lector voraz y arquitecto de sistemas que lo acompañaría siempre.
Trabajó en la Biblioteca Nacional, ese espacio donde los libros dejan de ser objetos para convertirse en un mapa. Al año siguiente, se casó con la poeta Ida Vitale. Y en paralelo, como si la lectura no bastara, fundó -Fábula- su propia editorial: un gesto de independencia, pero también de intervención. Publicar era, para Rama, discutir el canon antes de que este se fijara.
Su paso por el semanario Marcha marcó un punto de inflexión. Heredó la tribuna de Emir Rodríguez Monegal y la transformó en un espacio de resonancia continental. La crítica dejó de ser comentario para volverse toma de posición. América Latina ardía —la Revolución cubana, el auge de nuevas narrativas con el Boom Latinoamericano— y Rama supo leer ese fuego como un proceso. Entendió que la literatura era una maquinaria compleja donde se cruzaban historia, política, lengua.
El exilio, que lo sorprendió en los años setenta, fue una radicalización. Desplazado de su país, Rama amplió su territorio. Venezuela se convirtió en un centro de operaciones desde donde impulsó uno de los proyectos editoriales más ambiciosos del continente: la Biblioteca Ayacucho (1974). Allí su obsesión tomó forma material: reunir, ordenar, prologar, dar contexto. Construir una tradición como conversación en curso. Cada volumen era una pieza en ese rompecabezas mayor que era América Latina pensándose a sí misma.
Más tarde, en universidades estadounidenses, consolidó una obra crítica que ya no buscaba solo interpretar textos sino descifrar las condiciones que los hacían posibles. Su idea de la “transculturación narrativa” fue una herramienta: nombrar el modo en que las literaturas latinoamericanas absorben, transforman y devuelven lo propio y lo ajeno en una operación incesante.
Rama leía como quien desmonta un mecanismo. En sus estudios sobre el modernismo, la gauchesca o la narrativa contemporánea, hay siempre una pregunta por el poder: quién escribe, desde dónde, para quién. Esa inquietud alcanzaría una de sus formas más perdurables en La ciudad letrada, donde desnudó el vínculo entre las élites intelectuales y la construcción del orden social. Allí, la literatura deja de ser inocente para revelar su papel en la administración simbólica del mundo.
Murió en 1983, en un accidente aéreo que también se llevó a otros nombres de la cultura latinoamericana (el escritor mexicano Jorge Ibargüengoitia y el novelista y poeta peruano Manuel Scorza). La escena —un avión que cae, un grupo de escritores que desaparece— tiene algo de alegoría brutal: la fragilidad de una comunidad intelectual que, sin embargo, ya había dejado su marca.
A cien años de su nacimiento, Rama sigue siendo, más bien, una pregunta abierta. ¿Cómo leer América Latina sin simplificarla? ¿Cómo construir una tradición sin clausurarla? En ese gesto —inconcluso, insistente— reside su legado: en la forma en que obligó a seguir preguntando.

Nota: En el 2021, nuestra editorial publicó La narrativa de Gabriel García Márquez: edificación de un arte nacional y popular, de Ángel Rama. El origen de este libro corresponde a un curso que dio el autor en México (1972). El curso centra su finalidad sobre la obra narrativa de Gabo y la edificación de un arte popular. Para la Fundación Editorial El perro y la rana, la edición del libro comprende dos objetivos: primero, honrar al autor y su compromiso de una crítica con un sentido latinoamericano y, segundo, resignificar lo popular desde la propia literatura, en este caso representada en García Márquez.

