El hecho de ser nieto de Sixto Gil, a quien no conocí, me planteó un serio dilema. Me pregunté muchas veces si se vería bien que yo, su nieto, escribiera su historia. El dilema lo resolví confiando a la indulgencia de los lectores la aceptación de este trabajo, y a la historia el juicio sobre Sixto Gil y la impronta que su vida dejó en el imaginario del pueblo oriental.

No hace mucho, alguien me dijo que una noche en algún pueblo oriental escuchó en una partida de dominó la exclamación “¡Sixto Gil en Caripito!” y el seis golpeó vigorosamente la mesa. Es la huella de este guerrillero audaz e intrépido que aún persiguen, sin éxito, los generales gomecistas.

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