“Estos capítulos de mi travesía del desierto no son relatos ficticios, es lo que viví y me ha llevado diez años poder escribirlo porque finalmente la serenidad ha llegado a mi alma, porque he logrado sacar el veneno que no me dejaba respirar. Porque es necesario que lo que se vive en la frontera salga de la llaga de un recuerdo amargo que llevamos miles en la memoria. Y no, a mí no me digan: “Pobrecita la muchacha lo que vivió”, a mí me miran de frente y directo a los ojos o mejor se apartan de mi camino, que lástimas y misericordias no son de personas cabales”.

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