Quizá pasa un día el ave, y de tanto reposar sobre la inmóvil estatua termina enamorándose de esta. Pasa que la quietud de bronce se vuelve movimiento veloz en el interior del ave, y la marcha rápida de un viento a otro ya no tiene sentido sin la estática presencia de la efigie adorada. Todo esto pasó un día, y águila y estatua decidieron unirse en un encuentro de avechuchos y próceres, en una alianza que moviera de sus plazas a las quietas figuras para danzar con pájaros de toda Venezuela. Esta historia de amores y bodas entre dos que quizá parezcan tan distintos, nos lleva a imaginar todas las uniones posibles bajo el cielo espléndido, y celebramos el quiebre de toda norma impuesta ante el amor que trasciende ligero.

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