“No hay expresión sin impresión”. Estas palabras, acaso intento de definición de una poética personal, provienen de un orden y una sensibilidad que asumen la escritura como un acto de fe, como el más gozoso y difícil de los misterios. Con burilada prosa y riqueza conceptual, Carlos Brito logra en estos ensayos una atmósfera íntima en la que explora la creación literaria como hecho espiritual y religioso, como acto que religa al hombre con Dios, consigo mismo, con la conmoción inicial del mundo y las cosas. Entablando un diálogo intelectual y emocional con la obra de autores como san Juan de la Cruz y María Zambrano, deja traslucir la imagen iluminada por el rigor y la experiencia del espíritu.

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